A veces, la comida ocupa nuestros pensamientos hasta el punto de distraernos de nuestras tareas. Apenas terminamos de comer y ya estamos pensando en la siguiente comida. Nos imaginamos mordiendo una hamburguesa o saboreando un delicioso tiramisú casero, aunque la situación no sea la más propicia para disfrutar. Pensar en comida no es solo un pasatiempo para los amantes de la buena mesa ni una característica común de los epicúreos; a veces, se convierte en una obsesión malsana.
El insidioso fenómeno del "ruido alimentario"
Apenas hemos dejado los cubiertos y rebañado los platos cuando ya estamos pensando en la cena. Nos morimos de ganas de devorar esas lasañas que se deshacen en la boca, y se nos hace agua la boca solo de pensar en ese helado de nueces que está en la nevera. Nuestra voz interior no susurra horrores; nos llena la cabeza de imágenes deliciosas y nos habla con pasión de la buena mesa.
Lejos de recordarnos nuestra lista de tareas pendientes, nos presenta un menú tentador: papas fritas recién salidas del horno, una magdalena rellena de chocolate, un plato reconfortante y nostálgico que evoca la cocina de la abuela. No hace falta oler los aromas de una tienda de donas ni entrar en un asador para pensar en comida. Tenemos el estómago lleno, pero la cabeza rebosa de inspiración culinaria.
Si se formara una burbuja sobre nuestro cráneo, seguramente contendría una porción de flan, unos espaguetis a la boloñesa, una rebanada de brioche con chocolate y un batido de vainilla. La comida nos habita y nos obsesiona. Cuando planeamos mentalmente nuestras próximas comidas, cuando tenemos antojos recurrentes de aperitivos y cuando nos entretenemos frente a un escaparate perfumado sin tener hambre, no se trata simplemente de "gula".
Esto es señal de un abrumador "ruido alimentario" que ahoga todo lo demás. En un artículo de 2023 publicado en la revista Nutrients, los investigadores definieron este fenómeno aún poco documentado como " rumiación y preocupación obsesiva por la comida" .
Señales que indican que no se trata solo de hambre.
Pensar constantemente en la comida no se trata simplemente de anticipar la compra nocturna o de sucumbir a la tentación de una galleta en el mostrador de una pastelería. Es una rumiación incesante sobre el próximo alimento que probaremos, y este pensamiento, fugaz para algunos, es más persistente para otros. La comida deja entonces de satisfacer una necesidad vital; se convierte en un veneno mental. «Las personas expuestas a mucho "ruido" relacionado con la comida pueden pasar entre el 80 y el 90 % del día pensando en ella», explica Susan Albers, psicóloga clínica de National Geographic .
Las personas obsesionadas con la comida suelen compartir características como la restricción alimentaria, las dietas drásticas y el sobrepeso o la obesidad . Sin embargo, no conviene generalizar; algunas personas pueden experimentar estos pensamientos recurrentes sobre la comida con poca intensidad, mientras que otras los sienten con máxima intensidad.
En última instancia, ante la carencia o la privación, el cerebro compensa y anula la señal de hambre. Pensamos en comida incluso cuando estamos digiriendo o ya estamos saciados. La comida, independientemente de su forma, tamaño o cantidad, va ocupando nuestro espacio mental y nos mantiene cautivos, incluso durante el trabajo, las conversaciones con amigos y las reuniones informales.
Técnicas para dejar de ser víctima de estos pensamientos.
Buenas noticias: estos pensamientos que nos atormentan no son inevitables. La idea no es "hacerlos desaparecer", sino que sean mucho menos intrusivos en nuestra vida diaria.
- Repase los aspectos básicos (sueño, estrés, estilo de vida). Cuando estamos cansados o estresados, los pensamientos sobre la comida ocupan más espacio. Como nos recuerda el psicólogo Goldman: "Es más difícil combatir estos pensamientos intrusivos cuando estamos cansados o estresados".
- Come a intervalos regulares. Espaciar demasiado las comidas puede intensificar las obsesiones. Si sientes hambre después de 5 horas sin comer, intenta esperar de 3 a 4 horas y ajusta el tiempo según sea necesario.
- Identifica los desencadenantes. Lleva un pequeño diario: ¿cuándo empieza? ¿Aburrimiento? ¿Estrés? ¿Restricciones? Una vez identificados, podrás actuar con mayor rapidez.
- Abandona la mentalidad de privación. Cuanto más te prohíbas ciertos alimentos, más se arraigarán en tu mente. Por el contrario, permitirte comer sin culpa puede calmar los antojos obsesivos.
- Come más despacio y con atención plena. Deja el teléfono, tómate tu tiempo y observa el sabor, la textura y la sensación de saciedad. Esto "recalibra" el cerebro y reduce los antojos automáticos.
- Muévete y despeja tu mente. Deportes, caminatas, música, lectura… cualquier cosa que ocupe tu mente te ayudará a distraerte de los pensamientos sobre comida.
- Evita juzgarte a ti mismo. Estos pensamientos son comunes. Cuanto más te critiques, más espacio ocuparán. Goldman enfatiza la importancia de la autocompasión.
El cerebro no funciona como el botón de "no molestar" de un teléfono. Necesita entrenamiento para reaprender a saborear cada bocado y dejar de jugar al diablo con las tentaciones.
