Este mecanismo mental delata a las personas que, sin saberlo, se hacen las víctimas.

Algunas personas sienten que la vida conspira contra ellas cuando simplemente reaccionan a los acontecimientos. Probablemente hayas conocido a algunas. Quizás incluso veas a alguna a diario. Sin querer, se ven atrapadas en una mentalidad de víctima. Este comportamiento, en realidad, se basa en un mecanismo mental mucho más sutil de lo que parece.

El mecanismo mental de la victimización inconsciente

Tras las quejas recurrentes, los suspiros dramáticos y el famoso "no puedo hacer nada", se esconde un mecanismo de defensa psicológico sorprendentemente poderoso. El victimismo inconsciente es el reflejo automático que lleva a algunas personas a atribuir sus dificultades a factores externos, sin siquiera considerar su propio papel en la situación. Es el cerebro el que, para evitar la incomodidad del autoexamen, desvía la responsabilidad. Es como si presionara un botón de "modo de defensa" sin consultar a nadie.

Este mecanismo no es un defecto de carácter, contrariamente a la creencia popular. Es una estrategia interna y arraigada, a menudo arraigada en experiencias pasadas donde reconocer la responsabilidad tuvo un coste emocional demasiado alto. Así que ahora, para evitar la culpa, la persona culpa al mundo exterior: a la sociedad, a la mala suerte, a los demás, a sus circunstancias. Todo se convierte en una prueba más de que la vida está en su contra.

La psicóloga Amélie Boukhobza resume este pensamiento con una frase que parece surgir de un monólogo interior constante: «No es mi culpa, la vida simplemente está en mi contra». Este tipo de discurso sirve para legitimar el sufrimiento, justificar la pasividad y, a veces inconscientemente, suscitar compasión. Porque una víctima inconsciente no siempre busca apoyo mediante la manipulación; a menudo, simplemente quiere sentirse comprendida, escuchada y reconocida.

El problema es que este rol se convierte rápidamente en una jaula. La persona se encierra en él contra su voluntad. Al repetirse constantemente que todo está fuera de control, termina creyendo que ya no tiene poder. Pierde la confianza en su capacidad de actuar y sus experiencias vitales empiezan a dar vueltas. Es cómodo, sin duda, pero terriblemente limitante.

El miedo subyacente y sus consecuencias relacionales

Si rascamos superficialmente este mecanismo, descubrimos una emoción universal: el miedo. El miedo a equivocarse. El miedo a fracasar. El miedo a crecer, también. Porque evolucionar requiere valentía, movimiento y responsabilidad. Y cuando estas palabras evocan más ansiedad que motivación, el rol de víctima se convierte en un refugio reconfortante, incluso si frena todo crecimiento personal.

Hacerse la víctima evita el riesgo asociado a actuar. Mientras la culpa sea de otra persona, no hay necesidad de cambiar nada de uno mismo. Es una forma de escapar de la presión de la decisión: «Si no decido nada, no puedo fracasar». Solo que esta comodidad psicológica tiene un alto precio. En las relaciones, el victimismo inconsciente crea un desequilibrio. La comunicación se tiñe de quejas, reproches velados y, a veces, inmensas expectativas emocionales. Los seres queridos se convierten, a su vez, en confidentes, salvadores y terapeutas improvisados. Intentan ayudar, tranquilizar y escuchar, una y otra vez, hasta que el agotamiento se instala.

Porque el victimismo, incluso involuntario, drena la energía de los demás. La relación se convierte en una calle de un solo sentido: una persona expresa su sufrimiento sin cuestionarlo jamás, mientras que la otra lo absorbe y brinda apoyo. Con el tiempo, esto puede generar frustración, distanciamiento o incluso una forma de ira silenciosa. Para quien se hace la víctima, esta consecuencia relacional puede parecer injusta. Se siente abandonada, incomprendida, abandonada mientras sufre. La paradoja es cruel: cuanto más busca apoyo encerrándose en este rol, más corre el riesgo de rechazarlo.

Hacia el reconocimiento y la rendición de cuentas

Romper con este patrón requiere, ante todo, reconocerlo. No para culparse, sino para comprender qué protege. El victimismo inconsciente no es un defecto que se deba borrar; es una señal que hay que atender. A menudo revela un cansancio prolongado, una falta de autoestima o una historia personal marcada por momentos en los que asumir la responsabilidad fue demasiado doloroso.

El primer paso es destacar lo que la persona puede controlar. Esto puede implicar pequeñas decisiones, reafirmar sus necesidades y acciones sencillas que le devuelvan la sensación de control sobre su vida. Es una forma de rehabilitación emocional que, con paciencia, reconstruye la confianza. Para quienes la rodean, establecer límites es esencial. Apoyar a alguien que se hace la víctima no significa validar sus narrativas derrotistas. Significa escucharlo con compasión, pero también guiarlo con delicadeza para que recupere su propio sentido de responsabilidad. Y, por supuesto, el apoyo profesional puede ser invaluable.

En definitiva, comprender y reconocer este mecanismo ofrece a quienes se encuentran atrapados en él la oportunidad de reconectar con su propio poder. También les brinda la oportunidad de transformar un ciclo doloroso en un movimiento hacia una mayor claridad, responsabilidad y plenitud. Liberarse del victimismo inconsciente significa aceptar mirar la propia vida con lucidez, valentía y amabilidad. Y ese, en esencia, es uno de los mayores regalos que uno puede darse.

Fabienne Ba.
Fabienne Ba.
Soy Fabienne, escritora para el sitio web The Body Optimist. Me apasiona el poder de las mujeres en el mundo y su capacidad para transformarlo. Creo que las mujeres tienen una voz única e importante que ofrecer, y me siento motivada a aportar mi granito de arena para promover la igualdad. Me esfuerzo por apoyar iniciativas que animan a las mujeres a alzar la voz y hacerse oír.

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