Tienen acceso a más tecnología, más información y más oportunidades que nunca. Sin embargo, muchos niños y adolescentes afirman ser menos felices hoy que hace diez años. Las cifras se acumulan, y los terapeutas lo confirman: algo se ha vuelto frágil en su bienestar. Y comprender por qué ya es un paso hacia la acción.
Estas cifras plantean preguntas.
Según el informe de Vigilancia de Conductas de Riesgo Juvenil (YRBS) de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), la proporción de estudiantes de secundaria que informaron tristeza o desesperanza persistentes aumentó del 30 % en 2013 al 40 % en 2023, alcanzando un máximo del 42 % en 2021.
Estos datos no se limitan al período pos-COVID. Especialistas en desarrollo infantil señalan que la tendencia ya había comenzado mucho antes de la pandemia. Entre 2009 y 2019, el malestar emocional persistente entre los estudiantes de secundaria aumentó un 40 %. En Francia y otros países europeos, encuestas similares destacan un malestar estructural entre las generaciones más jóvenes. En otras palabras, la crisis sanitaria ha amplificado una vulnerabilidad preexistente, pero no es la única causa.
Redes sociales: la comparación constante
Es imposible ignorar el impacto de las redes sociales. Más del 75 % de los estudiantes afirman usarlas con regularidad. Si bien estas plataformas pueden fomentar la creatividad y la conexión social, también exponen a los jóvenes a una comparación constante.
Me gusta, comentarios, popularidad en línea: la autoestima puede volverse dependiente de indicadores virtuales. Esta búsqueda de validación es particularmente perjudicial para los adolescentes, cuya identidad aún se está desarrollando. Diversos estudios han establecido un vínculo entre el uso intensivo de las redes sociales, el aumento de la tristeza, el acoso en línea y el riesgo de suicidio. En un mundo donde las imágenes se filtran y se manipulan cuidadosamente, resulta difícil sentirse "suficiente". Sin embargo, cada cuerpo joven, cada personalidad, cada ritmo de desarrollo merece reconocimiento y respeto, lejos de estándares irrealistas.
La presión académica y la cultura del rendimiento
A esta presión digital se suma la presión por el rendimiento. Calificaciones, clasificaciones, orientación profesional, expectativas parentales: el éxito a veces parece convertirse en una medida de valía personal.
Crecer con la idea de que tu legitimidad depende de tus resultados puede generar un miedo constante al fracaso. Sin embargo, cometer errores es parte integral del aprendizaje. Cuando el éxito se convierte en un imperativo para definir la propia identidad, la ansiedad se instala. Muchos adolescentes internalizan la idea de que deben sobresalir, destacarse y planificar su futuro desde muy pequeños. Esta carga mental afecta gravemente su bienestar.
Un impacto más pronunciado en las niñas
Organizaciones internacionales como la UNESCO alertan sobre el impacto específico de las redes sociales en las niñas. La presión sobre la apariencia, los estereotipos, la hipersexualización y la competencia constante: el entorno digital puede socavar su autoestima.
La forma en que las personas perciben su cuerpo, su popularidad y su conformidad con estándares de belleza poco realistas amplifican los sentimientos de incompetencia. Este contexto también influye en sus decisiones educativas y profesionales, reforzando ciertos patrones limitantes. Valorar la diversidad de cuerpos, talentos y ambiciones se vuelve crucial para recuperar la confianza.
La trampa de la felicidad obligatoria
Irónicamente, el deseo sincero de los padres de ver felices a sus hijos a veces puede añadir presión. Cuando la tristeza, la ira o el miedo se perciben como emociones que deben evitarse a toda costa, los jóvenes aprenden a reprimirlas.
Todas las emociones tienen un propósito. El miedo puede proteger, la ira puede señalar injusticia y la tristeza puede ayudarnos a procesar la pérdida. Los psicólogos enfatizan que aprender a reconocer y regular las emociones fortalece la resiliencia mucho más que la búsqueda de la felicidad eterna. Un niño equilibrado no es aquel que nunca experimenta angustia, sino aquel que comprende que sus emociones son válidas y que reciben apoyo.
En resumen, la omnipresencia de pantallas, la cultura del rendimiento y la presión social y emocional: estos factores combinados explican en parte el declive del bienestar observado durante más de una década. Para revertir esta tendencia, los expertos piden una educación emocional más realista, la regulación de la exposición digital tóxica y una redefinición del éxito. Porque la plenitud no reside en la perfección, sino en un equilibrio entre altos estándares, apoyo y autenticidad.
