¿Y si nuestras preferencias alimentarias revelaran más sobre nosotros de lo que creemos? Durante los últimos quince años, varios estudios psicológicos han explorado la relación entre los gustos culinarios y ciertos rasgos de personalidad. Los resultados, que deben interpretarse con cautela, sugieren que nuestra inclinación por los sabores dulces, amargos o picantes podría no ser del todo insignificante.
El sabor dulce, asociado a la bondad.
Un estudio de 2012 realizado por Brian Meier y sus colegas demostró que las personas que disfrutan de los sabores dulces son percibidas como más amables y se describen a sí mismas como más dispuestas a ayudar a los demás. Aún más sorprendente: después de comer algo dulce, los participantes se mostraron más dispuestos a hacer favores. Por lo tanto, la dulzura parece estar asociada, tanto en nuestras percepciones como en nuestros comportamientos, con los llamados rasgos "prosociales".
El sabor amargo, vinculado al lado oscuro de la personalidad.
Por el contrario, un estudio de 2016 realizado por Christina Sagioglou y Tobias Greitemeyer examinó el sabor amargo. Mediante una encuesta a casi 1000 adultos estadounidenses sobre sus preferencias gustativas y personalidad, los investigadores observaron una relación entre una marcada preferencia por el amargor y ciertos rasgos considerados "antisociales", como el maquiavelismo, el narcisismo y la tendencia a la malicia. Esta relación se mantuvo incluso al considerar las preferencias por los sabores dulces, salados o ácidos.
Otros sabores, otros caminos
Las investigaciones también han explorado otros gustos. Por ejemplo, la preferencia por la comida picante suele estar relacionada con la búsqueda de sensaciones, la extroversión y cierta impulsividad. Estas asociaciones, sabor por sabor, dibujan perfiles psicológicos distintos.
Enlaces que necesitan ser calificados
Estos resultados deben interpretarse con cautela. Representan correlaciones, no relaciones causales: que te guste el café solo no convierte a alguien en una persona malintencionada. Los efectos observados son modestos y algunos estudios no han logrado replicarlos. Nuestros gustos también dependen de la cultura, la educación y los hábitos.
Si bien la ciencia no puede leer la personalidad en un plato de comida, sí pone de manifiesto interesantes tendencias entre lo que nos gusta comer y quiénes somos. Ofrece una perspectiva divertida sobre nuestras pequeñas preferencias culinarias.
