En la calle, en el transporte público o haciendo cola en una tienda, las mujeres son cada vez más filmadas sin su conocimiento. Este acto, facilitado por la tecnología, no es nada inocuo: atenta contra la privacidad, el respeto y el derecho fundamental a controlar la propia imagen.
Una práctica que la tecnología ha vuelto casi invisible
Hoy en día, grabar a alguien ya no requiere una cámara voluminosa. Un simple smartphone, camuflado en un mensaje falso, unas gafas inteligentes o incluso un reloj con cámara integrada bastan para capturar imágenes sin levantar sospechas. Esta discreción dificulta la detección del acto y, por lo tanto, lo hace más frecuente.
Lo que hace la situación aún más preocupante es la facilidad con la que se comparten estos videos. Algunos terminan en redes sociales, a veces acompañados de comentarios inapropiados o sexualizados. Otros circulan en grupos privados, ocultos a la vista del público, pero sin sufrir las consecuencias. De este modo, la imagen de una mujer puede ser difundida, mal utilizada, comentada o ridiculizada sin que ella lo sepa. Esta pérdida de control es un ataque directo a la dignidad y la libertad individual.
La violencia de género que a menudo se trivializa
Esta práctica no afecta a todas las personas por igual. Las mujeres son, con diferencia, la mayoría de las personas filmadas sin su consentimiento, a menudo por su apariencia, su vestimenta o simplemente por su presencia en público. Sus cuerpos se convierten en objetos de consumo digital, congelados en una imagen robada, sacados de contexto y sometidos a un escrutinio indeseado.
Incluso sin contacto físico, es una forma de violencia insidiosa. Crea un clima de inseguridad, refuerza la desconfianza y agrava una carga mental ya de por sí considerable. Preguntarse si alguien está siendo observado, filmado, juzgado o grabado se convierte en una preocupación silenciosa pero muy real. Sin embargo, toda mujer tiene derecho a moverse libremente, a sentirse bella, segura y legítima en espacios públicos, sin temor a que su imagen sea captada sin su consentimiento.
El marco legal: zonas grises preocupantes
En Francia y en muchos otros países, filmar o fotografiar a alguien sin su consentimiento, en un lugar privado o en una situación íntima, está penado por ley. Sin embargo, en espacios públicos, el marco legal es menos claro. Mientras no haya difusión ni una clara violación de la dignidad, suele ser difícil procesar a los autores.
Sin embargo, filmar con la intención de acosar, fetichizar o distribuir sin autorización puede constituir un delito. El problema radica en identificar a los responsables y demostrar la intencionalidad, especialmente cuando los dispositivos son discretos y los videos circulan rápidamente. Esta dificultad legal refuerza la sensación de impunidad y contribuye a la normalización del fenómeno.
Recuperar el control colectivo
Ante esta realidad, la respuesta no puede depender únicamente de las víctimas. Es fundamental sensibilizar a la opinión pública, animar a los testigos a presentarse y reiterar una regla sencilla: así como no se toca un cuerpo sin consentimiento, tampoco se captura una imagen sin autorización.
En resumen, reivindicar el derecho al anonimato en espacios públicos significa defender una visión del mundo en la que todas las personas puedan existir libremente, sin ser reducidas a una imagen robada. También significa afirmar que toda mujer merece respeto, seguridad y la libertad de moverse sin miedo. Tu cuerpo, tu imagen y tu presencia te pertenecen, y eso nunca debería ser negociable.
