Pedir perdón es un reflejo social común, pero para algunas personas, disculparse se convierte casi en un tic. Se disculpan por todo: por llegar dos minutos tarde, por un comentario trivial o incluso cuando no han hecho nada malo. Como explica el psicólogo Yves-Alexandre Thalmann, según la revista Psychologies , esta tendencia suele tener sus raíces en la infancia.
Un vacío emocional que llenar
Según el psicoanalista Pascal Neveu, las disculpas constantes pueden ser un signo de fragilidad narcisista. Quienes las padecen luchan por sentirse amadas por quienes son; buscan conservar el afecto de los demás mediante sus disculpas. De niños, pueden haber sido sobreprotegidos o, por el contrario, carentes de validación, lo que les ha inculcado la idea de que deben "ganarse" el amor de los demás.
Un superyó tiránico
El psicoanálisis también evoca la noción del superyó, esta autoridad moral interna que dicta lo que uno "debe" hacer. Un superyó excesivamente severo conduce a disculpas injustificadas, como si cada pensamiento o deseo "imperfecto" fuera una falta. Estas personas viven en una tensión constante entre el deseo de ser libres y el miedo a ser reprensibles.
Una ilusión de control
Finalmente, según Yves-Alexandre Thalmann, ofrecer disculpas sin justificación puede proporcionar una forma paradójica de poder: al declararse responsables de todo, estos individuos permanecen en el centro de la situación. Es una forma inconsciente de tranquilizarse, de dar sentido a lo que no pueden controlar.
Cómo romper el ciclo
Los psicólogos recomiendan aprender a verificar la legitimidad de tus disculpas. Antes de pedir perdón, pregúntate: "¿De verdad lastimé a alguien?" o "¿Soy responsable de lo que pasó?". Si la respuesta es no, no hay necesidad de disculparse. Romper con este hábito también significa liberarte del autojuicio excesivo y reaprender a ser tan amable contigo mismo como lo eres con los demás.
Pedir perdón no es malo en sí mismo, pero cuando disculparse se vuelve automático, suele delatar una inquietud más profunda, alimentada por el miedo a desagradar a los demás, exigencias internas excesivas o una necesidad inconsciente de control. Ser consciente de este mecanismo ya es el primer paso hacia el cambio.
