Para ti, cocinar no es un pasatiempo agradable; es una tarea. Prefieres relajarte que estar de pie en la cocina. Cuando tienes invitados, te esfuerzas muchísimo para preparar la comida, ya sea en 20 minutos o en tres horas. Es simplemente una pérdida de tiempo. Si te encuentras diciendo "Odio cocinar" cada vez que te pones el delantal, no es falta de voluntad ni pereza.
Una señal de alto estrés interno
Hay quienes se ganan la vida cocinando, y otros que suspiran con solo pensar en coger una cacerola o una cuchara de madera. Cuando cocinas, no silbas la alegre melodía ni te balanceas al ritmo de la música como en las películas; suspiras desesperado. Sueñas con un robot al estilo de "Black Mirror" que te libere de esta ingrata tarea y acabe con la interminable pregunta : "¿Qué hay para cenar?".
De hecho, te critican a menudo por tu pereza culinaria, como si todos hubiéramos nacido con el talento culinario de Cyril Lignac. Mientras que para algunos cocinar es un arte, para ti es un defecto. Y solo por eso, te sientes anormal. ¿Por qué odiar la cocina parece tan inaceptable cuando odiar tejer o el yoga es perfectamente normal? Probablemente porque tener habilidades culinarias implica cierta independencia y un estilo de vida saludable.
Preparar una comida equilibrada, visualmente atractiva y deliciosa, mientras se compaginan horarios y preferencias alimentarias, puede convertirse rápidamente en una tarea estresante. Esta aversión no es solo cuestión de gustos; refleja la dificultad para gestionar el estrés asociado a las responsabilidades domésticas. Según los psicólogos , negarse a cocinar puede ser una forma inconsciente de protegerse de la ansiedad o la sobrecarga mental. Rechazar esta tarea se convierte en una señal: el cuerpo y la mente dicen "basta" antes de que la actividad genere frustración o sensación de fracaso.
Una cuestión de infancia y aprendizaje
Como probablemente sepas, los niños aprenden por imitación y copian el comportamiento de quienes los rodean. Si tu madre te presentó una imagen casi comercial de este pasatiempo, probablemente solo conservaste recuerdos positivos. Por el contrario, si la veías refunfuñar por ollas y sartenes y quejarse de cocinar en cada comida, es probable que heredaras su frustración y su temor a estar detrás del mostrador.
Una infancia en la que cocinar se consideraba una tarea, o un entorno familiar donde las comidas eran motivo de conflicto o juicio, puede dejar una profunda huella. Por lo tanto, una persona que odia cocinar no solo expresa una preferencia actual, sino que puede estar reviviendo inconscientemente experiencias emocionales de su pasado. La cocina se convierte entonces en un espacio simbólico, cargado de expectativas y recuerdos, en lugar de un momento de placer. Esto es especialmente cierto cuando la cocina familiar ha sido escenario de discusiones, reprimendas o el punto de partida de trastornos alimentarios.
El vínculo con la creatividad y la perfección
Odiar cocinar también refleja una fuerte necesidad de autocontrol. Porque cocinar implica un elemento de riesgo: no siempre es una ciencia exacta. A veces las cosas salen mal: la Tarta Tatin es un claro ejemplo, y sin embargo se ha convertido en un clásico de culto. Temes no lograr el resultado fotogénico prometido en el recetario, usar demasiada o muy poca sal, decepcionar a tu paladar. Temes fracasar como si estuvieras participando en un programa como "MasterChef". En definitiva, las opiniones de los demás arruinan el disfrute.
Probar una receta, ajustar sabores, improvisar con los ingredientes… Si bien esto es estimulante para los grandes chefs, a algunos les disgusta esta libertad, no por falta de talento, sino porque sienten la presión de ser perfectos. La aversión a la cocina puede reflejar un perfeccionismo latente, el miedo a cometer errores o a no cumplir con las expectativas, ya sean reales o imaginarias.
Una relación delicada con uno mismo
Cocinar para otros representa una carga mental colosal. En estas circunstancias, tienes excusas. No quieres ser la criada y encargarte del menú de la semana. Lo cual es comprensible en un mundo que avanza a un ritmo vertiginoso y donde el tiempo es casi un lujo. Por otro lado, cocinar solo para ti es diferente. Odiar cocinar, incluso cuando es para tu propio consumo, indica un conflicto interno. Te cuesta priorizar tus propias necesidades. Peor aún, te sientes culpable cuando te dedicas tiempo a ti mismo.
Preparar una comida requiere autocuidado, anticipando las necesidades nutricionales y emocionales. En este sentido, decir "Odio cocinar" puede reflejar nuestra capacidad para cuidarnos y encontrar un equilibrio entre las obligaciones y el placer.
Para algunos, cocinar es un refugio del caos, una valiosa actividad meditativa tras un largo día. Para otros, es una confrontación con traumas, miedos y el persistente hedor de la confusión interior.
