Tener hijos no solo transforma tus noches, tus prioridades y tu organización; también podría cambiar tu forma de experimentar el asco. Un estudio reciente demuestra que la paternidad influye en ciertas reacciones emocionales fundamentales, mucho más allá de las simples acciones cotidianas.
Asco: una emoción protectora… y muy humana
El asco no es un capricho emocional; es un auténtico mecanismo de protección. Esta reacción instintiva nos obliga a evitar cualquier cosa que pueda perjudicar nuestra salud: comida en mal estado, desechos corporales, olores sospechosos o situaciones percibidas como insalubres. Se manifiesta mediante comportamientos automáticos —desviar la mirada, alejarse, evitar el contacto— que tienen un propósito claro: reducir el riesgo de infección y preservar nuestro bienestar.
En otras palabras, el asco existe para protegerte, no para complicarte la vida. Este mecanismo de defensa, por muy valioso que sea, no es fijo: puede evolucionar con tus experiencias… y especialmente con la paternidad.
Padres vs. no padres: una reacción diferente al disgusto
Un equipo de investigadores de la Universidad de Bristol realizó un estudio publicado en enero de 2026 en la revista Scandinavian Journal of Psychology . Comparó la sensibilidad al asco de 99 padres y 50 adultos sin hijos. Los participantes fueron expuestos a imágenes diseñadas para provocar reacciones de rechazo, como pañales sucios u otras escenas corporales generalmente consideradas repulsivas.
Los resultados son particularmente sorprendentes: los padres cuyos hijos ya comían alimentos sólidos mostraron significativamente menos asco en comparación con los adultos sin hijos. Por el contrario, los padres cuyos bebés aún recibían lactancia materna exclusiva mostraron reacciones similares a las de quienes no tenían hijos.
Desensibilización a través de la experiencia
Los investigadores interpretan estos resultados como una forma de habituación. En otras palabras, el cerebro se adapta a lo que experimentamos con regularidad. Cambiar pañales, limpiar vómitos, lidiar con ropa sucia o superficies desagradables se convierte en rutina. Con la exposición repetida, la respuesta emocional instintiva se suaviza.
Este fenómeno no se limita a situaciones directamente relacionadas con su hijo. La disminución de la reacción al asco también se extiende a otras imágenes o escenas percibidas como repulsivas, lo que sugiere una tolerancia más amplia, flexible y funcional.
Una adaptación para apoyar su capacidad de cuidar
Desde una perspectiva evolutiva, esta transformación tiene sentido. Cuando tu hijo es muy pequeño y su sistema inmunitario aún es frágil, una fuerte sensibilidad al asco puede ayudarte a evitar riesgos para la salud. A medida que crece, tu rol evoluciona: debes ser capaz de gestionar situaciones desagradables sin dejarte paralizar por el rechazo.
Esta adaptabilidad emocional te permite actuar con eficacia, calma y confianza, incluso en situaciones incómodas. Demuestra tu notable capacidad para adaptarte, fortalecerte y responder a las necesidades de tu hijo con amabilidad y resiliencia.
Los resultados deben interpretarse con cautela, pero son prometedores.
Sin embargo, los autores del estudio enfatizan que estos hallazgos deben interpretarse con cautela. Esto no representa necesariamente un cambio biológico irreversible, sino más bien un ajuste conductual y quizás neurológico moldeado por la experiencia. Se necesitará más investigación para comprender mejor los mecanismos precisos de esta transformación emocional.
En definitiva, este estudio arroja luz sobre una faceta aún poco explorada de la paternidad: su influencia en las emociones fundamentales. Al exponernos a situaciones a veces desagradables, pero profundamente humanas, tener hijos moldea nuestra tolerancia, nuestra adaptabilidad y nuestra relación con nuestro cuerpo, tanto el propio como el de los demás. Esta es una prueba más de que ser padres transforma no solo nuestra vida diaria, sino también, con delicadeza, nuestro mundo interior.
