Las normas de vestimenta suelen parecer inocuas, pero revelan una realidad mucho más profunda: los códigos de vestimenta tienen diferente peso según el género. Ya sea en la escuela, el trabajo o en espacios públicos, las mujeres y las niñas suelen ser objeto de un trato mucho más estricto que sus homólogos masculinos.
Normas más estrictas para las mujeres
En muchas escuelas, los comentarios y castigos se dirigen principalmente a las niñas. Pantalones cortos, faldas, camisetas sin mangas o blusas consideradas "demasiado reveladoras" son frecuentemente criticadas, mientras que los niños generalmente se libran de las mismas críticas por usar atuendos similares. Esta distinción transmite un mensaje claro: el cuerpo de las mujeres debe ser controlado y regulado, como si la responsabilidad de la "perturbación" recayera en quienes visten y no en quienes observan.
En el trabajo, el fenómeno persiste. Algunas empresas aún imponen códigos de vestimenta sexualizados a las mujeres (faldas, tacones, ropa ajustada), mientras que los hombres tienen mayor margen de maniobra, con trajes, pantalones y zapatos planos. Estos requisitos pueden resultar discriminatorios cuando atentan contra la dignidad u obligan a las mujeres a exponer más su cuerpo que sus colegas masculinos.
El doble rasero del código de vestimenta
Las vagas nociones de vestimenta "apropiada", "decente" o "modesta" se interpretan de forma mucho más estricta para las niñas y las mujeres. Esta subjetividad da lugar a juicios arbitrarios y morales que refuerzan la idea de que el cuerpo femenino debe ser vigilado constantemente.
Surge entonces una paradoja: la sociedad espera que las mujeres sean "atractivas" y "femeninas", pero las penaliza en cuanto un atuendo se considera "demasiado revelador", "demasiado corto" o "demasiado maquillado". Esta doble moral lastra la confianza en sí mismas, sobre todo entre las adolescentes, que sienten que nunca son "suficientemente buenas".
Un ejemplo que habla por sí solo
En una escuela secundaria de Isère , Lola, de 14 años, fue reprendida repetidamente por su vestimenta, considerada "provocativa". ¿Su falta? Llevar una camiseta sin mangas y luego un suéter que dejaba al descubierto los hombros. Según se informa, un orientador académico le dijo: "Con la camiseta sin mangas se te ve el escote. No quiero que se te vea el torso". Unos días después, un simple suéter con los hombros al descubierto provocó otro comentario, obligándola a ponerse una chaqueta e ir a la dirección. Su madre denunció el mensaje claro: que las niñas debían cubrirse el cuerpo para no ofender, en lugar de que los adultos debieran cambiar su perspectiva.
Consecuencias discriminatorias
Estas normas afectan desproporcionadamente a ciertos grupos: chicas de color, personas trans o no binarias, y estudiantes de clase trabajadora. Términos vagos como "limpio" o "modesto" pueden estigmatizar cuerpos, estilos o culturas bajo la apariencia de neutralidad. En casos extremos, estos códigos pueden incluso legitimar el acoso al insinuar que la vestimenta de una chica "explica" los comentarios o la agresión que sufre. Por lo tanto, la apariencia prima sobre las ideas, y a menudo son las chicas quienes sufren las consecuencias.
Hacia reglas más justas e igualitarias
Para que un código de vestimenta sea verdaderamente justo, debe:
- aplicarse por igual a mujeres y hombres (otros géneros);
- limitarse a requisitos objetivos claramente definidos de seguridad, higiene o imagen profesional;
- evitar términos vagos o moralizantes que se dirijan principalmente a las niñas;
- Respetar las identidades de género, las culturas y las creencias religiosas.
En resumen, en lugar de controlar el cuerpo de las mujeres, las escuelas y las empresas se beneficiarían de educarlas sobre el respeto, la no violencia y la igualdad. Ofrecer una libertad de vestimenta clara y compartida permite que todas las personas se expresen sintiéndose respetadas. La moda nunca debe ser un instrumento de control, sino una herramienta para afirmar el estilo y la confianza en uno mismo.
