En las fotos oficiales, las que adornan la portada de nuestro pasaporte o documento de identidad, no solemos lucir lo mejor posible. Pero últimamente, las "chicas pulcras" de internet han estado improvisando sesiones fotográficas favorecedoras tras la cortina negra del fotomatón, mostrando un rostro que contrasta con esa imagen de "fugitiva" cansada y taciturna. Una nueva tendencia está en auge...
La foto de identificación, excesivamente romantizada
Por lo general, es una foto que guardamos con mucho cuidado, fuera de la vista. Nos invade la vergüenza cuando se la entregamos a los oficiales o a la policía. Hay que reconocer que no es precisamente una foto favorecedora. En este retrato formal, donde sonreír está prohibido, prácticamente parecemos criminales. Solo falta el número de preso y el uniforme a rayas para completar la ilusión de un prisionero fugado.
Ojeras, rostro demacrado, expresión cansada : esta foto que adorna nuestros documentos de identidad tiene la habilidad de generar inseguridades incluso en las personas más seguras de sí mismas. Cada vez, el flash nos sorprende y captura un rostro que apenas reconocemos en el papel brillante. Sin embargo, es precisamente ese rostro el que define nuestra identidad.
Últimamente, estas fotos —fotos que ni siquiera mostraríamos bajo amenaza y que jamás habrían aparecido en nuestro muro de Facebook— se exhiben con orgullo en las redes sociales. Muchos se atreven a lo impensable: lograr que las fotos de identificación sean estéticamente agradables y atractivas. Lo consiguen donde nosotros hemos fracasado incansablemente, a pesar de una foto de frente perfectamente ejecutada.
Aunque intentamos desafiar las normas estatales buscando la máxima fotogenia, la imprenta nunca colaboró. Y para el clan Kardashian, que idealiza hasta los momentos más cotidianos, basta un solo intento para difuminar la línea entre una foto que cumple con las normas y una foto de perfil para citas. Estas fotos, que nunca debieron salir de nuestras carteras, ahora son un imán para los halagos y un cebo para los "me gusta". Más allá de otorgar cierto poder social, revelan dictados sintomáticos. Incluso en los momentos más serios, debemos actuar y "vendernos de la mejor manera posible".
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Las celebridades, los instigadores de este movimiento.
Todo comenzó con Kylie Jenner , la misma que popularizó la cintura de avispa, los labios nude y los pómulos marcados. En 2020, una foto de su licencia de conducir apareció repentinamente en su perfil, entre imágenes producidas profesionalmente y sesiones fotográficas meticulosamente preparadas. Este retrato sobre un fondo neutro revelaba a una mujer cuidadosamente maquillada con un peinado impecable. Con su tez de porcelana perfecta, mirada intensa, mejillas sonrosadas y labios carnosos sutilmente pintados, daba la ilusión de un rostro retocado con Photoshop. Sin embargo, era simplemente un reflejo de la auténtica Kylie, siempre fiel a sí misma.
Esta foto, con su considerable peso legal, dejó de ser motivo de burla para convertirse en objeto de deseo, símbolo de éxito. Entonces, las chicas acudían en masa a los fotomatones, posando para la cámara y siguiendo tutoriales de maquillaje que contrastaban entre sí para salir satisfechas de aquella experiencia deslumbrante. Ahora, incluso existen manuales de instrucciones para «liberar tu potencial» en documentos oficiales. Atuendo, maquillaje, postura, actitud… cualquier consejo es válido para conseguir una foto «instagrameable». Estas instantáneas egocéntricas ya no se limitan a seguir las instrucciones escritas en rojo; siguen reglas estéticas «imaginarias».
Entonces, además de mantenerte erguido, con el rostro despejado, el cabello bien recogido y una expresión seria, ¿también tienes que demostrar carisma solo por ego? Porque no, esto no es una técnica de seducción para cumplir la fantasía de usar uniforme.
El surgimiento de un nuevo complejo colectivo
La foto de nuestro pasaporte, esa que nos hacemos por obligación y no por placer, dista mucho de ser favorecedora. Un ojo es más grande que el otro, tenemos imperfecciones visibles, brillo grasiento y el pelo hecho un desastre, todo por culpa de la presión de la cabina fotográfica. En resumen, parecemos más un gánster deprimido que una supermodelo adorada.
Con solo tres intentos en un tiempo límite y una iluminación rigurosa, la decepción es previsible incluso antes de la impresión final. Para algunos, las fotos de identificación son prueba tangible de nuestra transformación: dan testimonio de nuestra evolución física y sirven como una cronología visual. Para otros, son simplemente un recordatorio de las normas ya establecidas. En definitiva, es una imposición más: la de mantenerse "presentables" incluso en condiciones extremas.
La foto de identificación se ha convertido así en un auténtico concurso de belleza. Esta foto, que debería representarnos tal como somos, acaba «distorsionada». Sin embargo, rara vez ve la luz del día. Y no es el policía indiferente y bigotudo quien nos va a juzgar.
