La pregunta puede parecer de otra época. Sin embargo, en medio de la presión por estar "bien arregladas", "elegantes" o "profesionales", el maquillaje todavía se presenta a veces como un paso casi obligatorio para las mujeres. Entonces, ¿por qué persiste este hábito cuando ninguna habilidad se puede medir con la base de maquillaje?
¿Es el maquillaje un atajo hacia el "profesionalismo"?
Ningún puesto de trabajo exige oficialmente saber aplicarse rímel. Sin embargo, muchas mujeres dedican unos minutos cada mañana a maquillarse antes de ir a trabajar. No necesariamente porque quieran, sino a veces simplemente porque saben que su apariencia será observada, comentada o interpretada.
Esta presión resulta aún más interesante porque rara vez se basa en una regla explícita. Más bien, se trata de un conjunto de códigos: lucir "bien arreglada", presentable, elegante, "profesional". Expectativas que pueden parecer inofensivas, pero que en última instancia imponen una carga adicional a las mujeres: tiempo, dinero y una atención constante a su apariencia.
Lo que muestran los estudios
Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Boston y el Instituto Oncológico Dana-Farber, liderado por Nancy Etcoff, se cita con frecuencia al hablar de maquillaje y percepción profesional. Veinticinco mujeres de entre 20 y 50 años fueron fotografiadas sin maquillaje y luego con distintos grados de maquillaje. Posteriormente, las fotos se mostraron a las participantes, algunas durante un breve periodo de tiempo y otras de forma indefinida.
El resultado: los rostros maquillados se asociaron generalmente con mayor competencia, simpatía y fiabilidad. En otras palabras, el maquillaje obviamente no hace que una persona sea más competente. Sin embargo, puede cambiar la percepción de esa competencia. Y ahí es precisamente donde el tema se vuelve interesante.
Cuidado con las simplificaciones excesivas: usar maquillaje no significa ser más competente.
Sin embargo, el estudio presenta una limitación importante: fue financiado por una empresa del sector cosmético. Los investigadores afirman haber mantenido su independencia en la realización del trabajo, pero esta fuente de financiación debe tenerse en cuenta al interpretar los resultados. No obstante, otros estudios independientes han encontrado tendencias similares.
Un estudio alemán publicado en 2016, en particular, examinó las percepciones de las mujeres en puestos de responsabilidad. Ofrece un matiz interesante: mientras que un maquillaje ligero puede asociarse con una imagen positiva, un maquillaje excesivo puede, por el contrario, producir un efecto negativo. Esto demuestra que, incluso en lo que respecta al maquillaje, las mujeres no pueden ganar fácilmente: si se maquillan poco, parecen descuidadas; si se maquillan demasiado, corren el riesgo de ser consideradas exageradas.
Un sesgo no es una regla que deba seguirse.
Ante estas observaciones, existen dos posturas. La primera es pragmática: dado que existen prejuicios, ¿por qué no aprovecharlos? Maquillarse puede ser una elección personal, una forma de sentirse bien, de expresarse o simplemente de empezar el día como a uno le apetece. Y eso es perfectamente legítimo.
Sin embargo, otra interpretación es crucial: estos estudios miden principalmente la percepción social, no el valor profesional real. Demuestran que aún asociamos ciertos códigos estéticos con cualidades como la seriedad o la competencia. La pregunta entonces es: ¿por qué deberían transmitirse estas cualidades a través del rostro de las mujeres? Sobre todo porque a los hombres rara vez se les exige que compensen su falta de maquillaje con una rutina de cuidado personal, un peinado supuestamente impecable o un atuendo cuidadosamente elegido cada mañana.
¿Y qué papel juega la ley en todo esto?
En Francia, un empleador puede imponer ciertos códigos de vestimenta cuando se justifiquen por "razones objetivas", como la seguridad, la higiene o las necesidades de interacción con los clientes. Sin embargo, estos requisitos deben ser proporcionales y no discriminatorios. Por lo tanto, exigir específicamente que las mujeres usen maquillaje sería particularmente difícil de justificar. Y afortunadamente es así: tu rostro no es un uniforme.
“Vestir bien”, “estar bien arreglado”: ¿son lo mismo?
El problema va mucho más allá del maquillaje. Seguimos escuchando que una mujer debe «vestir bien» para ser creíble, «lucir elegante» para representar a su empresa o «estar más arreglada» para proyectar una buena imagen. Pero, ¿«vestir bien» según quién? Y, sobre todo, ¿por qué estos requisitos deberían variar según el género?
Puedes amar el lápiz labial o no usarlo nunca. Puedes amar los trajes, las zapatillas, los vestidos, los colores brillantes o la ropa más sencilla del mundo. Puedes maquillarte durante diez minutos, una hora o no maquillarte en absoluto. Tu cuerpo no es una herramienta de comunicación que tu empleador pueda moldear a su antojo.
Progreso verdadero: la capacidad de elegir
Las actitudes están evolucionando, aunque los cambios varían considerablemente entre sectores. Las profesiones creativas y tecnológicas suelen haber relajado estos códigos, mientras que algunos puestos de atención al cliente mantienen mayores exigencias estéticas. El teletrabajo también ha modificado la relación con la apariencia para muchas empleadas: cuando la cámara está apagada, es difícil argumentar que el pintalabios determine la calidad del trabajo.
La respuesta es sencilla, aunque la realidad no lo sea tanto: no, las mujeres no tienen que maquillarse para ser profesionales. Si te gusta maquillarte, hazlo. Si no quieres, no lo hagas. Si mañana cambias de opinión, no hay ningún problema. Tu competencia no necesita rímel. Tu credibilidad no necesita tacones altos. Y tu profesionalidad, desde luego, no necesita estar pintada en tu rostro.
