Recientemente en París, Rihanna no solo hizo una "declaración de moda": su barriga posparto volvió a convertirse en el blanco favorito de comentarios de odio, revelando una obsesión tóxica con los cuerpos de las mujeres que se han convertido en madres.
Un cuerpo posparto transformado en tema de debate
Durante la Semana de la Moda de París, cada aparición de Rihanna es analizada, analizada y comentada, mucho más allá de su ropa. En lugar de celebrar su estilo y creatividad, parte del público se centra en su vientre, percibido como "demasiado visible, incluso oculto bajo su gran abrigo", "no lo suficientemente plano", como si su cuerpo tuviera que borrar todo rastro de embarazo para ser aceptable. Estas críticas no son comentarios aislados; forman parte de una larga historia de humillación corporal que Rihanna ha enfrentado regularmente desde sus embarazos.
En el imaginario colectivo, se espera que una celebridad "recupere su forma", sin barriga ni curvas, o se arriesga a ser juzgada como "desaliñada" o "deforme". El más mínimo abrigo suelto o un corte voluminoso se convierte entonces en excusa para comentarios despectivos sobre su barriga, como si una mujer simplemente no pudiera vestirse cómodamente ni jugar con las proporciones sin ser atacada.
Rihanna en el desfile de Alta Costura primavera/verano 2026 de Dior durante la Semana de la Moda de París pic.twitter.com/SU4WDVO5Hw
— Más Cultura Menos Pop (@culturelesspop) 27 de enero de 2026
Una misoginia normalizada disfrazada de “opinión”
Los comentarios sobre la "pancita" de Rihanna no son neutrales: forman parte de una lógica profundamente misógina que exige que las mujeres sean deseables, perfectas y constantemente "controladas". El cuerpo femenino se convierte en una obra en constante desarrollo sobre la que todos se sienten con derecho a opinar, como si el valor de una mujer dependiera de la rápida desaparición de cualquier signo de maternidad.
Esta obsesión no tiene nada que ver con la salud ni con la simple observación, sino con el control del cuerpo femenino. Al centrarse específicamente en el vientre —símbolo del embarazo, la maternidad y el cambio—, quienes odian nos recuerdan que niegan a las mujeres el derecho a existir en cuerpos que viven, evolucionan y marcan el paso del tiempo. Y cuando esa mujer es una estrella mundial como Rihanna, cada foto se convierte en una excusa para proyectar fantasías, mandatos e insultos gordofóbicos.
Rihanna, otra forma de lucir su cuerpo
Ante esta violencia cotidiana, Rihanna adopta una postura firme: habla abiertamente de su barriga después de tener hijos y declara que la ama, integrando su figura en su estilo en lugar de ocultarla. En París, sigue jugando con el volumen, los abrigos y las siluetas oversize, demostrando que una barriga visible no resta estilo, elegancia ni fuerza a un atuendo.
Su relación con la ropa se convierte entonces en una declaración política, sutil pero firme: sí, una mujer que ha sido madre puede tener barriga, curvas, vaqueros, abrigos holgados y seguir siendo un icono de la moda. Al negarse a conformarse con las expectativas sociales, abre un espacio donde otras mujeres también pueden reconocerse en un cuerpo posparto que no ha sido borrado.
En resumen, las críticas a la "pancita" de Rihanna no dicen nada sobre su valor ni su estilo; más bien, revelan una sociedad que aún lucha por aceptar el cuerpo real de las mujeres, especialmente después de la maternidad. Al seguir apareciendo tal como es, con su barriga, sus abrigos y su libertad al vestir, Rihanna nos recuerda una verdad obvia que muchos se niegan a escuchar: el cuerpo de una mujer no es un proyecto a corregir ni una fantasía colectiva, sino el suyo propio, y punto.
