Serena Williams recuerda sus primeros 15 años como tenista profesional y comparte con franqueza los desafíos que enfrentó en este deporte. Entre la timidez y las constantes críticas, la leyenda estadounidense tuvo que aprender a aceptarse en un mundo altamente regulado.
Un cuerpo potente, pero mal aceptado al principio.
Desde su debut profesional con tan solo 17 años, Serena Williams se distinguió no solo por su talento, sino también por su físico atípico en el circuito. Destacó entre los estándares de delgadez y minimalismo que dominaban el tenis femenino. "Yo tenía curvas pronunciadas, mientras que todas las demás atletas eran delgadas, planas y hermosas, cada una a su manera", explica. Estas diferencias físicas tuvieron un impacto psicológico significativo en la joven jugadora.
A lo largo de los años, Serena ha tenido que navegar entre la admiración y el juicio, entre el rendimiento atlético y la presión estética. Su cuerpo, potente y eficiente en la cancha, no se ajustaba a las expectativas implícitas de los medios y el público. Sin embargo, este cuerpo le permitió alcanzar grandes alturas: fuerza, resistencia, explosividad, cualidades que no se miden con la cintura.
Sexualización y juicio constante
Ser una mujer negra con un físico supuestamente imponente en un mundo dominado por los estándares occidentales expuso a Serena a una doble carga. Relata haber experimentado una sexualización constante y comentarios racistas y sexistas que reducían su identidad a su apariencia. "Tiene un impacto psicológico. Totalmente. No me parecía a las demás chicas", explica. Estos comentarios, a menudo maliciosos, alimentaron la inseguridad y la sensación de aislamiento.
A pesar de todo, Serena nunca dejó de rendir. Cada victoria y cada título demostraron que la habilidad y la tenacidad nunca están ligadas a la conformidad corporal. Su trayectoria demuestra que el deporte de élite puede, y debe, celebrar todos los tipos de cuerpo.
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La evolución hacia la aceptación
Con el tiempo, Serena aprendió a amar y aceptar su cuerpo. Hoy, con calma, afirma: «No escucho críticas. Cada uno tiene derecho a su opinión. Si no te gusto, no tienes por qué hacerlo». Así, transforma su físico en un símbolo de fuerza y autonomía, a la vez que aboga por el amor propio y el respeto a la diversidad corporal.
Sin embargo, recientemente se enfrentó a una ola de críticas tras convertirse en embajadora de un medicamento para bajar de peso. Explicó: «No conseguía alcanzar el peso que necesitaba, y créanme, no tomo atajos. Mi cuerpo no respondía. Me di cuenta de que no era cuestión de fuerza de voluntad. Era biológico». Esta afirmación sirve como recordatorio de que cada persona es libre de tomar sus propias decisiones. Es absolutamente innecesario ajustarse a estándares para ser «aceptable»: tu cuerpo ya está bien tal como está.
En definitiva, Serena Williams encarna una valiosa lección: el cuerpo, ya sea alto, musculoso, considerado con curvas o más delgado, es ante todo una herramienta y un reflejo de tu singularidad. El éxito deportivo, la confianza en uno mismo y la belleza nunca dependen de un estándar universal.
