Kavita, de 32 años, se limpiaba una herida infectada en el muslo cuando extrajo un objeto metálico inesperado: una bala que llevaba dos décadas alojada en su músculo. A principios de enero de 2026, en Faridabad (Haryana, India), una infección aparentemente leve reveló un secreto médico extraordinario.
Un dolor olvidado resurge después de 20 años
La infección comenzó dos meses antes como un doloroso forúnculo en la parte posterior del muslo derecho. La hinchazón se reventó espontáneamente, dejando al descubierto la bala. Kavita recordó entonces un incidente ocurrido en 2005, cuando tenía 12 años, cerca de un campo de tiro militar.
"Estaba haciendo un examen escolar cuando un dolor agudo me atravesó el muslo", relata. Los profesores la enviaron a casa, convencidos de que una piedra lanzada por sus compañeros la había herido. La herida se cerró, formando una cicatriz común y corriente que nadie cuestionó.
El cuerpo encapsula milagrosamente al intruso.
La bala, probablemente disparada desde un rifle automático, penetró el músculo femoral sin afectar ninguna arteria ni nervio importante. El cuerpo reaccionó formando una cápsula protectora alrededor del proyectil, impidiendo cualquier migración o infección durante 20 años. Esta encapsulación natural explica la ausencia de síntomas graves. Kavita llevó una vida normal, completamente ajena al objeto extraño en su pierna.
Una infección libera al olvidado
La reciente infección alteró este frágil equilibrio. La bolsa protectora se rompió, liberando la bala encapsulada. Mientras limpiaba la herida, Kavita la extrajo manualmente, sin cirugía. «El dolor desapareció en cuanto salió», confirmó su esposo, Pradeep Baisla. El médico local lo identificó como un proyectil de calibre militar que había perdido velocidad durante el vuelo. La ausencia de daño vascular o nervioso fue prácticamente un milagro médico.
Cuando el cuerpo esconde sus misterios
Este caso recuerda otros descubrimientos tardíos de proyectiles: balas, metralla y fragmentos metálicos que a veces permanecen durante décadas en tejidos blandos. La mayoría se vuelven asintomáticos gracias a la encapsulación natural del tejido. Kavita evitó una complicación potencialmente mortal: migración a un vaso sanguíneo importante, absceso profundo o sepsis generalizada. Durante 20 años, su cuerpo cargó en silencio con un testigo olvidado de la guerra.
Lo que ella tomó por una "vieja cicatriz de la infancia" era en realidad una herida militar. Una bala perdida, una niña siendo examinada, un campo de tiro cercano: las circunstancias de una vida ordinaria ocultaban una tragedia latente. Ahora, curada, Kavita luce una cicatriz que es todo menos ordinaria. Relata veinte años de coexistencia silenciosa entre su cuerpo y un intruso metálico, una proeza involuntaria de resiliencia biológica.
