Con zapatillas Converse en los pies, una canción de ensueño de Chainsmokers sonando en mis oídos, una camisa a cuadros atada a la cintura, un piercing visible y el bálsamo EOS siempre a mano. Lo incómodo de ayer es una declaración hoy. Mientras 2026 promete ser más ansioso e incierto que nunca, miramos atrás con alegría. Celebramos 2016, un año en el que nuestros selfis llevaban el sello de Retrica y nuestras historias estaban llenas de vasos de Starbucks y palmeras.
Una mirada retrospectiva al 2016: un año lleno de color
"Feliz Año Nuevo 2016". No, no fue una errata, ni el resultado de una Nochevieja especialmente borracha. No se nos resbalaron los dedos al escribir en la euforia de la cuenta regresiva. Fue intencional. En estos tiempos difíciles, 2016 es un año de suerte para nosotros, nuestro refugio colectivo. Es el año del "reto del maniquí", el filtro excesivo para perros, las Vans con aroma a fresa y las fotos donde nos tatuábamos "Forever Young" en los antebrazos. Al recordar todos esos códigos de color y códigos de vestimenta maximalistas, nos encontramos diciendo esa frase casi sintomática: "Antes era mejor".
No hace falta una máquina de alto rendimiento de "Regreso al Futuro" para volver a ponernos nuestros microshorts rotos y redescubrir la sensación de una gargantilla de terciopelo sobre la piel. Basta con un vistazo rápido a nuestros archivos, esos que la juventud de hoy consideraría "vergonzosos" o "incómodos". Muchos niegan la realidad de 2026 y prefieren revivir esa época, que a los adolescentes de hoy les parece la Edad de Piedra. 2016 fue una especie de nuestra época dorada, un año crucial en el que las redes sociales aún no habían invadido nuestras vidas y éramos indiferentes a las opiniones de los demás.
Fue el año en que "swag" no era jerga de los baby boomers, sino el hashtag más usado en publicaciones con colores saturados. También fue el año en que Retrica editó todas las fotos y nos maquillamos las cejas al ritmo de "Lush Life" de Zara Larsson. Aún recordamos la huella afrutada de los labios de bebé en nuestros labios y la bruma de Victoria's Secret en nuestra piel bronceada. Fue el año de las fotos improvisadas pero espontáneas con el pelo en forma de corazón y los dedos formando la palabra "LOVE".
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Redescubriendo el confort estético de una época pasada
En 2016, todo parecía más tranquilo, más sencillo, más ligero. 2016 fue un poco como nuestro paraíso en medio del caos actual, nuestro paraíso emocional en medio de la inestabilidad general. Tomábamos fotos por diversión, no para conseguir "me gusta" ni para obedecer órdenes. Y nuestras historias de Snapchat se parecían más a un vlog aleatorio que a una sesión cuidadosamente guionada y meticulosamente planificada. Instagram y Snapchat seguían siendo espacios para la creatividad sutil, Tumblr, un mood board colectivo. Todo esto creó un refugio emocional donde todos podían definirse, reconocerse y sentirse conectados con los demás sin presión. No es de extrañar que 2016 se convirtiera en un grito de guerra.
Los adultos pro-2016 que están recuperando las camisetas de "I love NY", sucumbiendo de nuevo al tie-dye y redescubriendo la voz de Charlie XCX son esos mismos adolescentes que, en 2016, no tenían más prioridades que admirar las puestas de sol y terminar su Polaroid. También son los que soñaban con recorrer las calles de Palm Springs, adquirir el bolso Alma de Louis Vuitton y tener una piscina enterrada solo para practicar peinados. 2016 fue un año en el que vimos la vida de color de rosa, y no solo con corazones.
2016 fue un año crucial, no excesivamente digital, pero suficiente para llenar un feed de Instagram. Fue una especie de punto medio entre modernidad y un aire vintage. Además, en la cronología, 2016 cae después de la crisis financiera de 2008 y antes de la pandemia de COVID-19. Esto explica la palpable alegría de vivir y el entusiasmo contagioso. Y, casualmente o no, no necesitábamos libros de autoayuda para cultivar la positividad: era innata.
La nostalgia, el mejor remedio ante la incertidumbre
Si conservamos un recuerdo dulce y sereno de 2016, es porque fue un año de descubrimiento, desapego, de auténtica serenidad y autoafirmación. Sin embargo, nuestra memoria parece haber eclipsado algunos detalles de ese año, que también fue el año del Brexit y de la primera victoria de Trump.
En realidad, 2016 es un punto de referencia, como lo fue el año 2000 y sus vaqueros de tiro bajo. Este mundo nos resulta familiar; nos habla y reconforta a nuestro niño interior. Nos aferramos a él, no por arrepentimiento, sino para protegernos. 2016 es nuestra línea de emergencia en tiempos de peligro. También refleja una nostalgia casi terapéutica.
La nostalgia no es una debilidad de espíritu; es un refugio cuando todo se tambalea. En resumen, 2016 regresa como un año reconfortante, no por sus objetos o apariencias específicas, sino por lo que representó: un delicado equilibrio entre creatividad y seguridad, expresión personal y pertenencia colectiva. En 2026, nos convertimos en la chica Tumblr que queríamos ser en 2016, reviviendo ese año como el estribillo "Forever Young".
