Algunas tendencias en redes sociales son sorprendentes. ¿La más reciente? Las "orejas de coliflor", inspiradas en los deportes de combate. Tras esta supuesta estética "guerrera", los médicos alertan sobre prácticas que distan mucho de ser inofensivas.
La mirada de un luchador... sin subir al ring
Quizás ya hayas visto orejas de coliflor en jugadores de rugby, luchadores de MMA o boxeadores. En estos atletas, esta deformidad en la oreja es el resultado de traumatismos repetidos durante melés o peleas.
Hoy en día, algunos jóvenes intentan recrear deliberadamente este efecto, sin practicar estos deportes. ¿El objetivo? Darles una apariencia más viril y guerrera. En redes sociales proliferan los videos: tutoriales que explican cómo crear esta textura hinchada frotando intensamente la oreja o, aún más inquietante, usando objetos pesados como mancuernas para generar una descarga. Este efecto simulado se basa en un trauma físico real.
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¿Qué sucede realmente en el oído?
Para comprender los riesgos, es importante saber cómo se desarrolla la oreja de coliflor. Normalmente, la piel se adapta a los contornos del cartílago del pabellón auricular. Esta zona es rica en pequeños vasos sanguíneos. Al sufrir un impacto, la sangre puede acumularse entre la piel y el cartílago: esto se conoce como hematoma.
Este coágulo de sangre causa una inflamación que deforma gradualmente la oreja. Si el hematoma no se trata rápidamente, puede endurecerse y dejar una deformidad permanente. En los atletas, este fenómeno ocurre tras golpes repetidos. En redes sociales, se inflige intencionalmente, lo que preocupa enormemente a los profesionales sanitarios. Como recordatorio: tu cuerpo no es un accesorio estético que se pueda moldear mediante un trauma. Cada parte de ti merece respeto y protección.
Riesgos muy reales, más allá de la estética
La primera consecuencia obvia es que el resultado no siempre es estético. Una oreja inflamada puede ser asimétrica y dolorosa. Las complicaciones pueden ir más allá. Cuando la inflamación es significativa, puede obstruir parcialmente la entrada al conducto auditivo externo y afectar la audición. El riesgo de infección también es grave. El uso de objetos pesados para causar un impacto puede dañar el cartílago. Esta estructura cicatriza lentamente. Una infección en esta zona puede provocar dolor intenso y complicaciones duraderas.
Aún más preocupante: los traumatismos repetidos y violentos en el oído pueden dañar el tímpano. En casos extremos, la fuerza excesiva puede incluso causar una conmoción cerebral. Lo que comienza como una "prueba viral" puede, por lo tanto, poner en peligro la audición y la salud neurológica.
Si una oreja se inflama tras un impacto deliberado o accidental, es fundamental consultar a un médico de inmediato. Es necesario drenar el hematoma para evitar una deformidad permanente. En los atletas profesionales, cuando la deformidad se vuelve crónica, se puede considerar la cirugía al final de su carrera. Intentar provocarse este tipo de lesión es un riesgo innecesario.
Redefiniendo la fuerza de manera diferente
Esta tendencia atrae principalmente a los hombres jóvenes porque se alinea con una visión muy codificada de la masculinidad: parecer duro, marcado, "dañado" por el combate. Como si la masculinidad necesariamente implicara dolor, cicatrices y violencia. Esta idea proviene de una forma de masculinidad tóxica: aquella que equipara el valor de un hombre con su capacidad para resistir golpes o mostrar marcas físicas.
Dañarte intencionalmente para ajustarte a una norma social no te empodera. Al contrario, crea presión adicional que lleva a maltratar tu propio cuerpo. La verdadera fuerza reside en la capacidad de tomar decisiones informadas, proteger tu salud y rechazar exigencias absurdas. Tu cuerpo no necesita sufrir daños para demostrar algo.
En definitiva, las modas van y vienen, pero tu salud permanece. Tras la supuesta estética "guerrera" de las orejas de coliflor se esconden lesiones reales, posibles complicaciones y una presión social que valora el dolor como prueba de masculinidad. La confianza, el carisma y la fuerza no se miden por la cantidad de cicatrices visibles. Se basan en el respeto al cuerpo, con claridad y con la libertad de ser uno mismo, sin lastimarse para complacer a un algoritmo.
